Vale, ya nos hemos tomado las uvas con mejor o peor estilo. En mi caso con declaración de ex incluida lo que no dejó de tener su gracia porque el actual titular estaba delante pero esa es otra historia que nos desviaría en exceso del tema de los dichosos propósitos. ¿A quien se le ocurriría semejante sandez? Siempre he pensado que el exceso de champagne nos convierte en peligrosamente laxos y optimistas. ¿A quien intentamos engañar?
He aquí una lista de los clásicos:
Prometo dejar de fumar. Este es uno de mis top ten favoritos. Lo dices mientras apagas enfáticamente un cigarrillo tal que acaban las campanadas. Luego lo suavizas porque, como estás en plena fiesta y te queda un paquete casi lleno no lo vas a tirar ¿verdad? Al día siguiente estás buscando una máquina expendedora con el mismo entusiasmo que se busca un oasis cuando andas perdida por el desierto. Hay quien más que dejar de fumar, lo que promete es dejar de comprar que es muchísimo peor. Los vicios se los autofinancia uno, se siente.
Mañana empiezo el régimen. Esta se toma cuando has necesitado la ayuda combinada de una faja y tres familiares para subirte la cremallera del vestido y tras una noche de incomodidad manifiesta. Si el dos de enero coincide con un lunes, te garantizo al menos cinco días de dieta pero ¡a ver quien esquiva el roscón de Reyes! Este se enlaza graciosamente con el de "Este año haré deporte todos los días". Siempre he pensado que los dueños de los gimnasios y las tiendas de deporte se frotan las manos en enero. La cola de culpables vergonzantes debe ser kilométrica. Luego, la asistencia baja para tener un repunte hacia mayo cuando entra en vigor la operación bikini. Esta se combina sabiamente con la de "Este año comeré más sano". ¿Si a ti lo que te encanta es el cochinillo, cómo te comprometes con una ensalada? Esa es también de corta duración, el mundo esta lleno de tentaciones y somos tan débiles....
Este año prometo no comprarme tanta ropa. La clave está en la palabra "tanta". Esta es me encanta porque sé, positivamente, que durará hasta las rebajas que además este año prometen ser absolutamente suculentas. Con los excesos de las fiestas tu guardarropa se ha quedado para la Barbi o tu sobrina de 12 años - táchese lo que proceda - y claro, ¿cómo vas a salir a la calle con chándal? ¡Eso si que no! ¿Que hacer? Si vas de compras, recompensas tu mal comportamiento pero, si te abstienes ¿estás condenada al ostracismo hasta que vuelvas a entrar en las prendas? A lo mejor perteneces al grupo que controlan lo que comen o mejor aun, a las de metabolismo mágico que pueden engullir como una cabra africana y seguir con la misma talla. La promesa dura exactamente lo mismo. El tiempo de descubrir el abrigo de tus sueños, que aun rebajado cuesta lo que el rescate de un rey pero que te vas a comprar igual porque "Es una oportunidad única".
Existe otra, la de las despechadas que proclaman: ¡Este año yo no me enamoro! Eso no es una promesa, guapas, es una verdadera provocación del mismo calibre que la de "Este año encuentro al hombre de mi vida". Se consigue el resultado contrario a una velocidad que da miedo. Y lo peor, que normalmente tenemos nublado el entendimiento y el gusto comprando en las rebajas. Así que ¡cuidado! Es mortal de necesidad.
La mía: este año prometo ser mejor persona. Lo tengo cronometrado, no llega ni a los cinco minutos cuando mi dichosa lengua suelta un comentario mordaz pero, tan divertido que la promesa se diluye entre risas cómplices.
Así pues este año me he prometido objetivos lógicos, accesibles. Por ejemplo:
Ser amiga de mis amigas.
Irme de viaje todo lo que pueda. ¡Hay que ver el ejercicio que se hace cuando visitas un país! De paso liquido la del gimnasio.
Reventar la VISA en las rebajas.
Comer todo lo que me apetezca.
No inscribirme en una escuela de idiomas. Si no entiendo lo que dicen, me alquilo un traductor y apoyo a la economía.
Seguir fumando - España necesita a sus fumadores para pagar el déficit - y bebiendo por la misma razón.
Resumiendo, ser yo misma: ideal de la muerte.
Pulga
Pulga












